Una guerra fratricida de casi cuatro décadas que dejó sin educación a miles de angoleños, un país plagado de minas y víctima de sus propias riquezas en petróleo y diamantes, miles de armas en manos de civiles, una esperanza de vida que no supera los 44 años, una salud pública prácticamente inexistente... y el miedo a que se rompa esa paz que muchos aun no habían conocido.
Del intenso viaje a las provincias interiores de Huambo y Bie, recuerdo especialmente el cariñoso relato de Candida João Gilchicomba. Ninguna de las conversaciones y personas que conocimos esos días me dejó indiferente, pero esa mirada buena y esa expresión sincera en su forma de hablar me dejaron un sabor muy dulce.
Era un día claro. Llegamos a Andulo tras algunas horas de camino. Un camino de tierra argilosa que muchos angoleños recorren a pie, o en bicicleta algunos.
Llegamos a la escuela donde se daba el encuentro mensual del curso de formación de profesores a distancia del municipio. Los alumnos, profesores que participan en el proyecto, nos esperaban para comenzar el días juntos. En pie, en batería como un coro, nos dieron la bienvenida cantando... y no se si cantaban como los ángeles o si sólo me lo pareció, pero con ese gesto ya dieron muestra de su entusiasmo.
Nos obsequiaron con sonrisas y con una representación teatral de lo que era un buen maestro y de lo que era un mal ejemplo para los niños en el aula.
En los pupitres, no suficientes, se apretaban para caber cuantos más mejor, y el resto se mantenía de pie en el fondo. Ninguna queja.
Como muchos de estos profesores, Candida camina kilómetros, no sólo para asistir a estos encuentros una vez al mes, sino para dar clase y regresar a su hogar cada día. Ella no lleva consigo a ninguna criatura como otras de las mujeres, porque sus hijos son ya mayores, pero para poder seguir los cursos sin abandonar el trabajo estudia entre dos y tres horas por la noche, a la luz de una vela.
Su narración era serena, amable. Me cautivó la ternura con la que hablaba de su oficio y la ilusión llena de esperanzas con la que nos contaba las razones de tanto esfuerzo para seguir con la formación que estaba recibiendo. Me fascinó, y eso es lo que más recuerdo, la generosidad con la que veía, no su provenir, sino el de los cientos de criaturas que seguirán pasando por sus manos y a las que su mejor formación abrirá un futuro. Sentía en sus espaldas el peso que sus clases tenían en el desarrollo de Angola. Fantástico.
Desde su parcela tenía muy claro el valor de la educación y del trabajo en equipo para el desarrollo de su país. Y esa contagiosa convicción, compartida con sus compañeros de curso, está logrando que el proyecto de formación de profesores que Intermón Oxfam está llevando a cabo en la región siga adelante.
La clave para el desarrollo del país son su propia gente. Ellos tienen la voluntad y ponen las energías y su lucha diaria contra la precaria situación en que viven para salir adelante...
Me fui con más energía y convencida de que vale la pena seguir apoyando estos proyectos.
‘Tuapandula’ Candida, muchas gracias.